El acordeón y el bajo sexto
Dos instrumentos que llegaron por caminos distintos y terminaron en el mismo escenario. Juntos hacen el sonido que se reconoce desde el estacionamiento.

Cualquiera que haya llegado tarde a un baile norteño conoce el momento. Todavía en el estacionamiento, con la puerta del salón cerrada, ya se oye el acordeón cortando el aire y, abajo de él, un golpe grave y parejo que marca el paso. Ese golpe casi siempre viene de un bajo sexto. Entre los dos hacen el esqueleto de una música que nació en la frontera y que hoy se toca en salones de Chicago, Los Ángeles y las Carolinas.
Un instrumento que llegó en barco
El acordeón diatónico de botones viajó a México y al sur de Texas en la segunda mitad del siglo diecinueve. Lo trajeron inmigrantes alemanes, checos y polacos que se asentaron en la región, y también entró por el comercio de los puertos del Golfo. Era barato, resistente y fuerte: un solo músico podía llenar una fiesta sin necesidad de amplificación. Con él llegaron también los bailes de salón europeos de la época, la polka, el chotis, la mazurca y el vals, que los músicos de la frontera adoptaron y cambiaron a su manera.
El acordeón norteño de hoy es de botones. Tiene tres hileras para la melodía y unos botones de bajo del lado izquierdo, y cada botón da una nota al abrir el fuelle y otra al cerrarlo. Por eso se toca con el cuerpo tanto como con los dedos. Se fabrican en varias afinaciones, y en la música norteña las más comunes están en sol y en fa. Un acordeonista que toca con distintos cantantes suele cargar más de uno para acomodarse a cada voz.
El bajo sexto, hecho en México
El bajo sexto tiene otro origen. Es un instrumento mexicano de doce cuerdas, agrupadas en seis pares, con el cuerpo grande y profundo y un sonido más grave que el de una guitarra. Las cuerdas de los órdenes graves van en octava, y eso le da ese timbre lleno y un poco metálico. Existe también el bajo quinto, con diez cuerdas, que muchos grupos norteños prefieren por su ataque más seco.
En el escenario, el bajo sexto cumple dos trabajos a la vez. Con la mano derecha el músico alterna una nota grave en el tiempo fuerte con un rasgueo de acordes en el débil, el famoso "tun-chas" de la polka. Con eso lleva el ritmo y la armonía mientras el acordeón se dedica a la melodía.
Cómo se juntaron
La pareja se volvió costumbre en el sur de Texas en los años treinta del siglo veinte. Narciso Martínez, acordeonista del Valle del Río Grande, grabó en esa época decenas de piezas acompañado por Santiago Almeida en el bajo sexto. Martínez tocaba casi solo los botones de la melodía y dejaba que el bajo sexto se encargara de los bajos, una forma de tocar más limpia y más rápida que la de los acordeonistas anteriores. Ese reparto del trabajo se quedó. Por eso a Martínez se le llama con frecuencia el padre del conjunto.
En las décadas siguientes llegaron el contrabajo, que en el norte de México se conoce como tololoche, la batería y después el bajo eléctrico. Llegó también la voz: los primeros conjuntos eran casi siempre instrumentales, y con los años el canto en dueto se volvió el centro de la música. Los corridos, las rancheras y las canciones románticas entraron al repertorio junto a las polkas y los huapangos.
Lo que escuchar la próxima vez
Con estos datos, un baile se oye distinto. Algunas cosas en las que fijarse:
- Los adornos del acordeón entre verso y verso, que cada músico toca a su manera y que muchas veces identifican al grupo antes de que entre la voz.
- El cambio de ritmo cuando la banda pasa de una polka a un huapango, que se nota primero en la mano derecha del bajo sexto.
- El fuelle. Un buen acordeonista lo abre y lo cierra con la frase de la canción, y se ve en el escenario aunque el sonido no deje oírlo.
Muchos de los grupos que hoy llenan palenques y arenas siguen con la misma base: un acordeón al frente, un bajo sexto o un bajo quinto al lado, y el resto construido encima. La formación cambió poco en casi cien años, y en una noche de baile se nota por qué.